Mamá, maquíllate, se te nota el moratón


Hoy es el día de la PERSONA maltratada. Hace tiempo mi alter ego escribió un par de textos para un concurso llamado ‘Carta a un maltratador’ organizado por el ayuntamiento de Culta y Limpia. Hoy he visto una ocasión de ponernos serios y poner la primera de estas redacciones.

En ninguna parte, dos de noviembre de cualquier año

Hola:

¿Cómo estás? Yo estoy como me dejaste, gracias por preguntar. ¿Estás en casa? No, claro que no, estarás en el bar emborrachándote, como todos los días, dando igual que sean las cinco de la tarde o la una de la madrugada. Recuerdo el último de esos días como si fuera ayer, antes de dejarte, llegaste a casa con la rama de una acacia, la aprovechaste bien. Y nuestro último día como matrimonio, la víspera de nuestro octavo aniversario, dos hijos, más de dos mil palizas, una cada día desde que nació el mayor, al principio suaves, una torta o dos como mucho, algún insulto, pero después pasaste a las patadas, al cinturón…

Yo las soportaba, creía que las merecía, siempre me buscaba algún detalle de ese día que podría haberte molestado, la comida no era lo suficientemente sabrosa, no había comprado cerveza, no había limpiado los ceniceros, estabas cansado del trabajo, no había dinero, la casa no estaba limpia…

Te perdoné, una y otra vez durante más de siete años, porque te amaba, y pensaba que si me pegabas era para bien, que si me violabas era porque eso te excitaba más y yo no era quién para privarte de tus placeres. En fin, que te amaba con toda el alma y creía que ese amor era correspondido. Me entregué a ti y ¿tú qué me diste?, nada o, mejor dicho, demasiado.

Te perdoné, hasta la víspera de nuestro octavo aniversario. Ese día cogí a los niños —¿te acuerdas de ellos? son aquellos cuya sangre y piel manchan la hebilla de tu cinturón—, y me largué a casa de mis padres, en el pueblo. Nos seguiste, y aprovechando que mis padres estaban en misa, llamaste a la puerta, te vi por la mirilla, evidentemente no abrí (a pesar de lo que tú digas no soy idiota). Desde fuera me suplicaste que volviera, no accedí. Te enfadaste, empezaste a gritar, te largaste. Volviste con algo en la mano, lo dejaste a un lado y te pusiste a aporrear la puerta, nueva negativa mía. Tranquilicé a los niños y me quedé junto a ellos. Cogiste lo que habías traído, un bote de gasolina y rociaste toda la pared exterior con ella, rodeaste la casa repitiendo el proceso, encendiste una cerilla y, mientras decías ‘saldrás, tarde o temprano, pero saldrás’, la arrojaste a la gasolina…

Desde entonces no nos hemos vuelto a ver, yo sigo como me dejaste, muerta, en un ataúd, en el cementerio. Pero a pesar de eso te perdono, porque te quise en vida y esperaba que cambiaras.

Un saludo

Firmado: La que gracias a ti descansa en paz

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One Response to Mamá, maquíllate, se te nota el moratón

  1. Verdaderamente impresionante. La brutalidad no conoce límites. Te felicito por la forma sencilla y directa de denunciarla. Saludos cordiales.

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